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LA SOÑADA, UN LUGAR PARA VISITAR EN FAMILIA

La Soñada es uno de los emprendimientos turísticos reginenses ligados al turismo rural, en el último tiempo varios emprendedores de la región decidieron apostar a revalorizar la chacra bajo otros conceptos. La fruticultura, vedette histórica de la región se ahoga frente al avance del fracking y al agobio de los grandes productores, los pequeños, sofocados, dan lugar mayormente a los emprendimientos inmobiliarios. El concepto de turismo rural engobla lo económico y la tradición, no será fruta pero sigue oliendo a chacra.

La Soñada se encuentra muy cerca del casco urbano, a pocos metros de la “Curva del chancho”. Si, este dato quizás solo sirva para los locales y para los foráneos que nos lean mejor linkear el google map, pero si pensamos en algún viajero perdido en la ciudad es una referencia que puede usar para preguntar a cualquier reginense y es sumamente probable que  sepa de qué ubicación le están hablando. También la llegada desde la Ruta Nacional 22 es sencilla.

El turismo rural es un tipo de actividad turística en el que la experiencia del visitante está relacionada con un amplio espectro de productos vinculados por lo general con las actividades de naturaleza. En La Soñada te encontrás con animales de granja, como vacas, ovejas, gallinas, pavos, variedades de patos y faisanes, un burro, una llama y ganzos, entre otros. A la gran mayoría de estos animales, vas a poder tocarlos y darles de comer en la mano. Prácticamente en la visita y en la guía de su dueño Hernán Nicosia, los animales divagan entre las piernas de los visitantes casi como ignorando su presencia.

La vieja chacra que ya había dejado de lado la fruticultura mutó a Granja y se convirtió en un atractivo turístico en nuestra ciudad, una ciudad cargada de espacios al aire libre para explotar el turismo rural y sus ramificaciones como en este caso, el agroturismo.

Dentro del turismo rural encontramos entre otras ramificaciones al Agroturismo. De carácter agrícola y ganadero de lo rural, ligado a lo local. El agroturismo es la modalidad de turismo rural más aceptada y generalizada, y la que cuenta con mayor tradición, suelen ser espacios atendidos y trabajados por los propios dueños, tal es el caso de La Soñada. La chacra donde está ubicada La Soñada fue de Augusto Collodet, abuelo materno de Hernán, luego de su madre Esther con quien lleva adelante el proyecto y ahora del propio Hernán que en conjunto, también, con su compañera Karen Roquelme; son los 3 encargados de que La Soñada sea lo que es hoy. Un espacio donde podés encontrar animales de granja para verlos de cerca, tocarlos y hasta darle de comer con la mano; pasar una tarde amena y terminar degustando una merienda con toda comida casera.

Para Hernán, la granja es: “un lugar donde encuentro todo lo que necesito, mi hogar, mi lugar para disfrutar, teniendo paz. Donde puedo desarrollar una actividad económica y relacionarme con amigos y mucha gente a la cual puedo transmitirle mi visión de los animales y la naturaleza. Un lugar donde intento transmitir todo esto a quienes nos visitan”.

En nuestra visita a La Soñada el primer mensaje que dejó Hernán una vez reunido el grupo antes de hacer el recorrido, consejo que sirve para los próximos visitantes es hacer el recorrido de manera conjunta y no dispersarse para poder escuchar  info de todos los animales, después hay más tiempo para recorrer la granja de manera autónoma. El otro consejo, y este lo doy yo, no llegues tarde, tu demora hace esperar a todos los demás. Hernán intenta aguardar a todos para comenzar pero a veces eso le complica la logística. Se respetuoso con los animales y tratalos con respeto.

También La Soñada cuenta con una huerta en la que, dependiendo de la estación del año, te vas a encontrar con distintas frutas y verduras, como berenjenas, zapallos, frambuesas, frutillas, tomates, melones, ciruelas, manzanas, peras, etc. Durante el recorrido podés caminar la huerta y consumir distintas frutas extraídas directamente de las plantas.

Como mencionaba anteriormente, el proyecto lo llevan a cabo entre 3 personas; Hernán, Karen y Esther. Madre, hijo y nuera. Cada uno tiene un rol en las actividades pero a veces se mezclan”, explica Hernán. Karen cocina para las meriendas, y como cocina!! Panes y dulces caseros, tortas y muffins, entre otras cosas, todas deliciosas. Esther hace los laburos de jardinería, mantiene el parque impecable y Hernán por supuesto, se encarga de los animales. Algunos de los animales los tiene hace más de 20 años.

Su pasión por ellos se remonta a su infancia, desde los 7 años que sabe que lo que hace hoy, es lo que siempre quiso. ¿Será por eso que se llama La Soñada?, “Lo soñamos tanto que por esto le pusimos a la granja ese nombre, hace muchos años que la idea de compartir nuestro lugar con la gente estaba, pero había que buscarle una forma”, afirma Nicosia.

Tan grande era y es su compromiso con los animales que cuando terminó la primaria decidió no comenzar la secundaria e instalarse en la chacra, Cuando terminé mis estudios primarios decidí no comenzar el secundario, tenía claro que mi vida era en la chacra rodeado de animales, sueño que tenía desde los 7 años y que nunca abandoné mucho me insistieron, amigos y familiares para que continuara el colegio pero el no, era rotundo”.  

En el año 2015 decidió comenzar el secundario en la vecina localidad de Chichinales, y luego de 4 años lo terminó y siendo abanderado, tuve el placer de ser su profe en el cem142 y puedo afirmar que el compromiso, el respeto y la responsabilidad que tiene para con sus animales, lo tiene también en su vida cotidiana. Hernán es de esas personas a las que querés que le vaya bien!

Hernán Nicosia

Hernán cuenta que la idea era abrir La Soñada a fines de 2021, cuando estuvieran dadas las condiciones básicas y necesarias y recuerda “un día recibimos la llamada de gente de Turismo Villa Regina para conocer el lugar y nos dieron el empujón que necesitábamos (con publicidad) para confiar en lo nuestro, comenzamos a recibir visitas y vimos que la granja le gustó a la gente”, la chacra ya no contaba con la plantación de frutales hace rato ya que se había ido erradicando para la siembra de alfalfa.

Hacia el futuro se planea mejorar lo que se encuentra en este momento y poder sumar más actividades (que hay muchas dice Hernán) para que el visitante pueda disfrutar cada momento, como por ejemplo entretenimientos para grandes y chicos, lugares más cómodos y porque no un salón de eventos o alojamiento.

No es un dato menor que en La Soñada se intenta producir la mayor cantidad del alimento que consumen los animales,  como por ejemplo el pasto enfardado o fresco que consumen, “también recibimos de algunas panaderías el pan que ellos no utilizan o productos con los cuales podemos alimentar algunos animales como también de verdulerías que nos guardan verduras, le buscamos la vuelta”, explica Hernán y agrega: “Todo lo que logramos muuuuy lentamente, porque hay trabajo de más de 20 años en lo que es hoy La  Soñada, lo hicimos todo a pulmón. La ayuda que recibimos fue de amigos muy cercanos, de esos que están en las buenas y en las malas y siempre te ayudan en lo que emprendas. Si tenían que ayudar a armar algún corral o gallinero se ponían a soldar, pintar,  atar, lo que sea.  Siempre que vienen de visita, se arremangan y nos ayudan en lo que estemos haciendo, y eso sinceramente no tiene precio”.

Este es el recomendado para el fin de semana. Un paseo al aire libre super divertido  y sano para toda la familia, distinto, placentero, seguro y sin dañar al medioambiente. Comunicate al 2984-369164 y reservá tu lugar para la próxima visita.

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  • Lucrecia Martel en la tierra de Chocobar

     

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    El apellido Chocobar se viralizó en Argentina por el policía que disparó siete veces contra un ladrón en Buenos Aires en 2017. Con la reproducción de la escena hasta el infinito, el abrazo del autor de la balacera con el entonces presidente Macri y el apoyo ferviente de Patricia Bullrich, su ministra, el crimen se convirtió en una forma de pensar la seguridad y la justicia: la doctrina Chocobar. Parte de la crueldad del símbolo es borrar las aristas hasta volverse meme. Un nombre devenido en adjetivo, sinónimo de una manera de entender la vida y la muerte de las personas, oculta que hay miles de personas con ese apellido en todo el norte argentino y la región andina que no tienen nada que ver con balear gente por la espalda.

    Y en particular hay un hombre que se llamó Javier Chocobar y que fue asesinado en 2009 en Tucumán. Tenía 68 años y era una autoridad indígena del pueblo Chuschagasta. Los asesinos fueron un vecino terrateniente y emprendedor minero, y dos policías retirados que pretendían desalojar a la comunidad indígena Chuschagasta de sus tierras.

    El crimen, que quedó grabado en video, es el puntapié de Nuestra Tierra, el primer documental de la directora Lucrecia Martel.

    No hay un consenso claro de qué significa ni de dónde viene la palabra Chocobar: hay quienes intentan traducirlo del quechua o del aymara, pero sus raíces se pierden en la previa de la conquista, cuando muchos de los nombres originales fueron trastocados por el conquistador. Sí hay registro de que es un nombre que se extendió por toda la región cuando todavía no había países ni fronteras. 

    Los Chuschagasta, el pueblo al que pertenecía, quizás tampoco tengan ese nombre desde siempre. En algunos registros coloniales se los anota como Chuchingasta, Chachagasta, Chuchagasti, Chugasta, Chuscas o Chujchas.

    Lo que es claro, como señala una comunera en la película, es que «el papel permite lo que le quieran poner».

    Lucrecia Martel dice que la violencia de la gramática es de las primeras dificultades para contar esta historia. Escribir «El Capitán Sotomayor trasladó a 40 indios», dice, es darle voluntad y nombre al poderoso y convertir a las víctimas en un número, despojadas de voluntad y poder, forzadas a estas circunstancias por muchas estrategias de las que los mismos conquistadores se jactan, como secuestros y hambrunas.

    Quizás por eso Martel tardó catorce años en terminar el documental: narrar sin violencia en una época de sobreabundancia de crueldad es intentar deconstruir el lenguaje de una época.

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    Javier Chocobar, el Chocobar de esta historia, las noches de luna llena salía de madrugada para cortar cañas de azúcar, un trabajo duro y mucho más cuando se escarchan o está oscuro. Solía llevar una lapicera en el bolsillo de la camisa. Quizá porque nunca se sabía cuándo habría que anotar algo nuevo para defender los derechos de su comunidad. O tal vez porque funcionaba como contraseña para que a simple vista se notara que sabía leer y escribir.

    El conflicto que enfrenta su pueblo no es fácil: los Chuschas fueron trasladados al Valle de Choromoros desde los Valles Calchaquíes hace más de 350 años, forzados por las autoridades coloniales locales luego de las guerras calchaquíes, un intento de resistencia de los pueblos de la región contra los invasores.

    Y allí viven desde entonces: sobre los animales que crían y sus cultivos pasó una maraña de papeles, desde los tributos que les cobraban sus encomenderos, hasta los arriendos que les impusieron otros vecinos estancieros y funcionarios, descendientes también de aquellas familias beneficiadas por la colonia, y más tarde beneficiadas por el nuevo orden, que los declararon extinguidos en 1808 para hacerse de sus tierras. 

    En los censos nacionales de medio siglo más tarde, los ancestros con los mismos apellidos que tiene la comunidad hoy, están registrados con oficios de servicio, como peones, lavanderas, etc,  dependientes de una de estas familias estancieras a la que le debieron pagar arriendos y cumplir con «obligaciones», una forma de trabajo servil muy difundida en el norte, bajo la amenaza latente de desalojo.

    En dos siglos de estancias queriendo acaparar su territorio están los Molina, los Cobo, los Alurralde, los Colombres –que terminaron expropiados por el Estado provincial– y finalmente los Amín, que llegaron en 1959 con la misma intención. A esa familia pertenecía Darío Amín, uno de los condenados por el crimen de Chocobar.

    Pero con todas esas idas y vueltas, los habitantes nunca jamás se fueron del Valle de Choromoro.

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    «Hoy a las 11 es el operativo, no le digas nada a la mamá, me tiembla todo, pero confío en Luis, y van 4 policías más. No digas nada a nadie. Vos y yo lo sabemos». El mensaje de texto lo mandó Darío Amín unas horas antes del crimen.

    Luis es Luis Humberto Gómez, alias “El Niño”, un policía retirado. Junto con ellos estaba otro policía, José Valdivieso. El objetivo de Amín era explotar una cantera de piedra laja en el corazón de la comunidad. Para eso se había asociado con Gómez: la idea era ir 50 y 50. Le pusieron a la sociedad Campo Amigo, combinando sus apellidos. La misión de Gómez era “limpiar” el territorio apelando a la intimidación.

    El operativo, como lo llamaron, se hizo el 12 de octubre de 2009. ¿Habrá sido casual la fecha? ¿Eligieron el día del aniversario de la conquista española como una cábala?

    Quizás no se detuvieron en ese detalle, pero fueron preparados para  una masacre. Amín llevó un revólver calibre 32 largo, Gómez una pistola marca Taurus calibre 40 y otra marca CZ calibre 6,35 mm. Valdivieso una pistola Beretta, calibre 9mm. En la camioneta en la que llegaron, también guardaron una escopeta.

    Además de todo, llevaron una cámara digital. El de Chocobar fue un crimen registrado en una época donde el registro permanente de la violencia todavía no estaba tan normalizado.

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    En la primera imagen del video hay un hombre vestido de color caqui que baja de una camioneta. Frente a él, un grupo de comuneros llega en silencio por el camino. Traen la mirada un poco gacha, pero avanzan firmes, todos juntos. Detrás de ellos viene Javier Chocobar.

    El hombre vestido de caqui, el ex policía Gómez, avanza hacia ellos, parece sacar pecho. Todavía no muestra sus armas.

    –¿Quién es el encargado de ustedes?– pregunta.

    –Acá no hay encargados– responden los comuneros.

    –¿No hay nadie? –repite Gómez, que vuelve hacia la camioneta– Hasta luego, que anden bien ustedes.

    Lo dice con desprecio, con un tono de ‘ahora van a ver lo que les espera’.

    En la camioneta hay respiraciones agitadas, discuten por dónde seguir. Del lado de afuera, los comuneros miran. Uno de ellos, Delfín Cata, tiene una cámara de rollo, de esas que antes se usaban para los cumpleaños. Toma una fotografía.

    –No sé para qué toman fotos –masculla Amín–. Si en tribunales ya nadie les da bola.

    En la siguiente escena, los comuneros y Gómez están frente a frente.

    –Quiénes son ustedes, qué tienen que venir a meterse aquí.

    –Los Amín –dice el hombre de caqui–. Nosotros somos los Amín.

    –Nadie tiene que venir a hacer aquí.

    –Usted dice que no, explíquenos quiénes son ustedes –dice Amín.

    –Somos indígenas, estamos defendiendo nuestro derecho.

    –Bueno, tranquilo, tranquilo, hablando nos vamos a entender. Si no, capaz que no nos entendemos –dice gesticulando Gómez–, usted sabe que hay una orden judicial… Si yo voy a denunciar lo que ustedes están haciendo, vamos a tener problemas todos.

    –¿Qué es lo que estamos haciendo? –dice Andrés Mamaní. Da un paso al frente.

    Está tranquilo, pero firme. Gómez lo empuja con las manos.

    –Maestro, quedate piola –dice y saca la pistola que lleva en la cintura–. ¡Vos a mí no me vas a venir a prepiar, te estoy hablando por las buenas!

    Delfín Cata levanta su cámara pocket y toma una foto. Gómez lo ve, le dispara a los pies y avanza para pegarle un culatazo en la cabeza.

    –¡Qué te creés vos, qué te creés vos! – grita.

    La cámara que filma la escena baja. El que la lleva también empuña un arma. Lo que sigue después es audio. Hay gritos, más disparos. «Qué pasa, te voy a hacer pingo, culeado», se escucha mientras la cámara rueda al suelo/a la tierra.

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    En la reconstrucción judicial se supo que, tras el golpe y el disparo, Delfín forcejeó con Gómez, que seguía disparando. Con la ayuda de otros comuneros lograron reducirlo y le arrebataron su pistola Taurus calibre 40 y una cachiporra que llevaba encima.

    Gómez intentó sacar la pistola CZ de una tobillera, pero Delfín lo derribó de un empujón, le sacó el arma y la tiró al monte. Y, una vez que desarmó a Gómez, corrió a auxiliar a otros compañeros que intentaban frenar a José Valdivieso. Tras un breve forcejeo, logró quitarle la Beretta 9 mm con la que también había disparado.

    “Yo les quité las armas a los asesinos”, dijo tiempo después al medio La Palta. “Si yo hubiera sido otra persona, quizás con las mismas armas los habría liquidado”.

    Parecía que la situación se calmaba, pero Amín siguió disparando: lo hizo primero contra Javier Chocobar y, cuando logró darle, siguió. Primero hirió a Emilio Mamaní en la pierna y luego a Andrés Mamaní en el abdomen. En el tambor de su arma quedaron seis vainas servidas.

    —¡Turco hijo de puta, me ha baleado! —gritó Javier con las últimas fuerzas que le quedaban, recuerdan quienes estuvieron ahí.

    Valdivieso, que había logrado zafarse, recuperó la pistola que se le había caído a Gómez y disparó contra los comuneros que escapaban cerro arriba por un sendero.

    Los tres hombres subieron a la camioneta y escaparon mientras Javier Chocobar se desangraba frente a su familia.

    Además de Chocobar, Andres Mamani recibió un disparo en el abdomen, y desde entonces vive en los cerros con una colostomía, incapacitado para trabajar con sus animales. Y a Emilio Mamani le dieron un disparo en la pierna. Todavía tiene el plomo clavado en el hueso. 

    Después de la huida de los agresores, Delfín recogió la cámara y la guardó. Más tarde la entregó a un policía que, a pesar de recibir presiones de Hugo Sánchez, el entonces jefe de la policía provincial y cuñado de Gómez, no descartó esa evidencia fundamental para esclarecer el crimen. 

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    ¿Cómo se recuerda al que murió defendiendo su tierra? ¿Con esa última escena, diciendo “Turco hijo de puta me has baleado”? ¿Con los brazos abiertos frente a una muerte que no esperaba? ¿Cómo se hace honor a su memoria?

    La película de Martel parece hacerse esa pregunta y la responde metiéndose en la historia de la comunidad y del propio Chocobar. Hay algo muy amoroso en las dos horas de película que elige detenerse y poner el eje en la memoria de la comunidad.

    El documental muestra sus fiestas, a Chocobar vestido de traje con toda la onda del mundo, peinado y firme para las muchas fotos de plaza que se tomó con fotógrafos minuteros. Habla de los que fueron a trabajar a las ciudades y volvieron, de los que se quedaron en su territorio a pesar de los papeles y las amenazas, de las cosechas, de las mujeres que trabajaron en fábricas, en la costura, limpiando casas con cama adentro cuando todavía eran niñas, pero que luego sintieron el llamado a volver a su tierra.  “Trabajé en casas de jueces, de abogados, de doctores”, dice una de las comuneras, Isabel Cata. “Cuando ya he cumplido mi mayoría de edad he querido salir de ahí y trabajar por mi cuenta”.

    Martel es conocida por construir en sus películas paisajes sonoros con varias capas superpuestas. Para esta producción, le pidieron a la comunidad los chips de sus teléfonos viejos. Allí descubrieron que, aunque la imagen de los celulares antiguos esté pixelada, el sonido de las fiestas familiares, los chistes, la forma de hablar sin inhibiciones, es un tesoro imposible de recrear con actores.

    A esos archivos se suman los álbumes de fotos familiares de los comuneros. Y con ellos Martel no solo construye esa atmósfera onírica que envuelve sus películas, sino que también hace un prodigio de la mirada: pone el foco en las vidas subalternas. Nombra a aquellos que para la historia oficial no tienen ni siquiera rostro.

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    Hay otra dramaturgia que contrasta con las fotografías en blanco y negro sobre la mesa: la narrativa judicial de los expedientes y los pasillos judiciales. Más allá del uso de cartas y títulos de propiedad para evidenciar la manipulación del lenguaje legal, el film se detiene en las contradicciones del juicio contra los acusados por el asesinato de Chocobar.

    En una de las escenas, la defensa interroga a un testigo de la comunidad.

    —¿Por qué estaban ahí?

    —Nosotros estábamos cuidando nuestras tierras, que no vayan otras personas ajenas a quitárnoslas.

    —¿Desde cuándo ustedes cuidan estas tierras en ese lugar?

    —Nosotros vivíamos ahí, desde nuestros ancestros, los abuelos.

    —¿Qué edad tiene usted?

    —46 años.

    —¿Hace 46 años que cuidan las tierras?

    —No, de más antes.

    El documental evidencia el contraste visual entre la inmensidad de los paisajes que habitan los Chuschas y el encierro de la sala de audiencias, con el kitsch burocrático de tonos marrones de los despachos, los jueces y abogados tomando jugo y café mientras los rostros indígenas observan en silencio absoluto.

    Los acusados, vestidos de traje, parecen en su salsa.

    La escena del testigo al que someten a un careo con el policía Valdivieso parece sacada de una película policial de cine negro.

    Otro de los testigos convocado por Gómez para respaldarlo es su amigo y compañero policía, Justo Danielsen, da fe de su aptitud como comando:

    –Yo puedo estar hablando –dice–, pensando y analizando, puedo unificar y hacer dos o tres cosas al mismo tiempo…

    Más tarde, Gómez se jacta de su puntería:

    – Si hubiese querido matar era más fácil levantar el arma y disparar.

    Y al final agrega, como una confesión de parte:

    –El Estado me entrenó para hacer esto.

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    Los tres responsables del crimen fueron condenados recién en 2018: 18 años de prisión para el expolicía Gómez, 10 para Valdivieso y 22 para Darío Amín, el hombre que apretó el gatillo. La libertad les llegó pronto gracias a los laberintos de las apelaciones. Recién el 23 de octubre de 2025 la Corte Suprema dejó firmes las penas, aunque para Amín el veredicto llegó tarde: murió por Covid-19 antes de volver a la cárcel.

    Pero mientras los expedientes acumulaban tecnicismos que rechazaban la justicia, la comunidad de Chuschagasta hacía otro trabajo: el de la persistencia. La película de Martel no es solo un registro del horror, sino un acto de restitución. La primera vez que se proyectó el documental fue en el salón comunitario en el territorio, con la comunidad en pleno. Allí descubrieron que, aunque el Estado lo convierta en número, hay un registro que ninguna bala pudo destruir: el de un pueblo que, tras 350 años de asedio, sigue eligiendo no irse de su lugar en el mundo.

    La historia, que el poder intentó reducir a un «operativo» de desalojo, se convirtió en otra cosa. Quizás el cine sirva para que Chocobar ya no sea solo ese eco violento que resuena en Buenos Aires. Quizás el cine nos permita darle el sentido que ese apellido tiene en la comunidad de los Chuschas: el de un hombre que murió defendiendo su tierra, con una lapicera en el bolsillo y los brazos abiertos.

    La entrada Lucrecia Martel en la tierra de Chocobar se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • El gobierno aprobó la ley de Glaciares con los votos del bloque de Moisés, Uñac y Corpacci

     

    El gobierno logró sancionar la modificación a la Ley de Glaciares con 40 votos a favor contra 31 por la negativa y la abstención de la neuquina Julieta Corroza. Tal como anticipó LPO, el senjuanino Sergio Uñac, la catamarqueña Lucía Corpacci y el bloque de Carolina Moisés, que también integran Guillermo Andrada, hombre del gobernador Raúl Jalil, y la tucumana Sandra Mendoza, aportaron su apoyo a la nueva norma.

    En el rechazo, se agruparon los peronistas del interbloque de José Mayans, los santacruceños José María Carambia y Natalia Gadano, los radicales Daniel Kroneberger y Maximiliano Abad, la chubutense Edith Terenzi, la cordobesa Alejandra Vigo y las senadoras del PRO María Victoria Huala y Andrea Cristina.

    Con esta votación, los gobernadores peronistas de las zonas cordilleranas se alzaron con una concesión que reclamaban desde diciembre para apoyar la reforma laboral. La normativa aprobada este jueves devuelve a los distritos provinciales la capacidad de realizar estudios de impacto ambiental para medir la relevancia hídrica de las tierras periglaciares, algo que hasta ahora estaba reservado al IANIGLA para preservar regiones adyacentes a las reservas acuíferas de la explotación minera.

    En su discurso de cierra, Patricia Bullrich llamó a terminar con la dicotomía «agua o trabajo». Si bien reconoció «el objetivo legítimo de 2010», aseguró que con la modificación «no hay un cambio en la concepción» sino en la intención de «producir en cada rincón donde sea posible».

    Los libertarios cuentan con el voto de los peronistas Uñac y Corpacci para aprobar la ley de Glaciares

    El miembro informante fue Austín Coto, que provocó a la oposición con su discurso al recuperar información de la versión taquigráfica de la sesión del Senado del 30 de septiembre de 2010, cuando se sancionó la ley de Glaciares vigente hasta ahora. Entonces, recordó que César Gioja, hermano del exgobernador sanjuanino, «se preguntaba por qué en el dictamen de Diputados se había omitido la mención al artículo 124 de la Constitución», el que establece la potestad de las provincias sobre sus recursos naturales.

    La referencia del senador fueguino al dictamen de la Cámara Baja de aquella época se debió que los gobernadores defendían un proyecto que fue cambiado por la «ley Bonasso». De hecho, el santafecino Agustín Rossi tuvo que anunciar durante el debate que Cristina Kirchner no vetaría la ley que se terminara aprobando, aunque no prevaleciera la versión que impulsaban los legisladores que respondían a las provincias cordilleranas pero en el Senado se terminó imponiendo el criterio más «protectorio» del ambiente.

    Por eso, este jueves el libertario Coto se quejó de la mirada progresista que impera en el área metropolitana y calificó la normativa modificada como «una ley de presupuestos máximos redactada dentro de un frasco de una empanada en un bar de Palermo, hecha por dos chetos». «¿Se acuerdan cuando hablaban de los pinos y decían ‘que pongan un pino en el Senado’? Abajo de los pinos no crece absolutamente nada», sostuvo con tono burlón en alusión al ex legislador Fernando Pino Solanas, fallecido ya.

    Después que el fueguino se despachara diciendo que se trataba de una «ley de chetos», el pampeano peronista Daniel Bensusán lo cruzó sin piedad. «Nos dejaron un papel impreso en cada una de las bancas. ¿Qué sería esto?», preguntó haciendo flamear el manojo de hojas del dictamen que Coto trabajó a escondidas con senadoras como Edith Terenzi y Flavia Royón.

    ¿Se acuerdan cuando hablaban de los pinos y decían ‘que pongan un pino en el Senado’? Abajo de los pinos no crece absolutamente nada.

    Coto trató de explicar con naturalidad y Bensusán respondió con bronca. «¿Y qué vamos a hablar entonces? Porque no sabemos cuáles son las modificaciones. Otra vez lo mismo que con la ley laboral. ¿De dónde corno salió esto? ¿De la comisión? Esto es un papel impreso que nos trajeron hace cinco minutos. Ya les pasó con el artículo 44 de la ley laboral y despues a los que acompañan les dicen ‘los estuvimos entreteniendo con una cosa para votar otra'», expresó.

    Además, dijo: «¿Esto es joda? Se hizo mucho el gracioso el miembro informante y no explicó nada de las modificaciones que quieren introducir. ¡Una vergüenza! ¿Y van a votar nuevamente un texto sin haberlo leído o por lo menos sin haberlo discutido de cara a la gente en las comisiones del Congreso? ¿Dónde lo discutieron? ¿En una oficina?».

    Mientras avanzaba el debate no estaba claro siquiera que Luis Juez fuera a votar a favor, como terminó sucediendo. En Casa Rosada, tuvieron que implementar gestiones para que el cordobés no se ablandara con las críticas de los que le enrostraran que votó a favor de la ley de Glaciares en 2010 y no podía aparecer acompañando su modificación ahora.

    Cerca de las 17, Juez recordó que hasta lo charló hace 16 años con Pino Solanas. «Entiendo el tema de la defensa del agua y todo ese discurso, que lo siento como propio», arrancó el legislador pero luego justificó su cambio de postura: «Por ahí alguno al que le gusta el patrullaje empieza a decir que Juez en el 2010 tal cosa… y yo tengo el cuero dura como una tortuga», se describió con ingenio.

    El santacruceño José María Carambia anticipó que su voto y el de su colega Natalia Gadano serían negativos, en tanto «el artículo 6° genera libre interpretación». «Es autorización tácita encubierta para que puedan hacer lo que quieran donde sea», alertó.

    A veces pensamos que la minería va y te salva pero hace 28 años que tenemos minería y todavía tenemos parte de la población sin servicios básicos.

    Además, coincidió con Alicia Kirchner en la advertencia sobre la escasez de puestos de empleo que da la minería. «A veces pensamos que la minería va y te salva pero hace 28 años que tenemos minería y todavía tenemos parte de la población sin servicios básicos», indicó.

    Tal vez una de las argumentaciones a favor de la ley más consistentes para el oficialismo terminó siendo la de la misionera Sonia Rojas Decut, proveniente de una jurisdicción distinguida por el recurso hídrico. A su criterio, en la ley en debate «no se bajan los estándares, se clarifican las competencias, se ordenan los criterios y se fortalecen los procesos de evaluación científica y ambiental».

    En ese sentido, consideró que «el tenor de la reforma es plenamente compatible con el principio que resguarda la máxima calidad ambiental». «El desarrollo económico y la protección ambiental no son fuerzas opuestas sino condiciones recíprocas si queremos avanzar hacia un desarrollo sostenible», completó.

    Finalmente, Flavia Royón también sumó sus objeciones contra los sectores que «tratan de instalar un terrorismo ambiental o que en este proyecto se entrega el agua o los glaciares», y reclamó que se respete «a los equipos técnicos de las provincias». «¿Saben dónde están los mejores glaciólogos? En San Juan», respondió con orgullo. 

     

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